Ignacio:
¡¡¡Bienvenidos a la casa de los Loyola, a mi casa!!!
Respira entraremos en la casa de mi familia y juntos conoceremos mi historia. La historia de una persona nacida en el seno de una familia noble, que de adulto sufrió un percance que estuvo a punto de costarle la vida. Tras este episodio y, sobre todo, durante mi convalecencia en esta casa se produjo en mí, un cambio radical. Pero, perdón que he comenzado a hablar sin presentarme: soy Iñigo de Loyola, este es mi nombre, aunque ahora soy más conocido como Ignacio de Loyola. En mi vida no solo se produjo el cambio de nombre, sino también el cambio de orientación de vida. Y esto sucedió en esta casa. Tenía el proyecto de ser caballero de la corte, pero pasé a ser peregrino a la búsqueda de Dios.
Viví entre dos épocas históricas, lo que ahora se conoce como Edad Media y Renacimiento y los cambios sociales y religiosos de ese momento estuvieron muy presentes en mi vida y en mi obra.
Sí, fue en esta casa donde inicié un camino. Un camino físico y espiritual, durante el cual me encontré con dificultades, sin embargo, no fueron obstáculo para desviarme de mi propósito.
Voz en off:
Esta casa torre de origen medieval fue el hogar de los Loyola. Tiene cuatro plantas. A lo largo de esta visita recorrerás las estancias en las que Iñigo de Loyola, el pequeño de una familia noble, nació, dio sus primeros pasos, escuchó, aprendió, sufrió y renació.
La última planta es el corazón de la casa: La capilla de la Conversión. Allí Iñigo de Loyola decidió cambiar su vida de caballero galante, que disfrutaba de los placeres de la Corte, por una vida al servicio de los demás y, por ello, a mayor gloria de Dios.
Durante la visita encontrarás puntos de audio numerados, que te guiarán por la casa.
Ahora escucharás una tonadilla, la marcha de San Ignacio. Cada vez que la escuches, quiere decir que el punto de audio ha terminado.
FIN: (tonadilla de la marcha de San Ignacio)
Voz femenina:
¡Iñigo, no asesarás ni escarmentarás hasta que te quiebren una pierna!
Ignacio:
Por mis travesuras de muchacho, esta frase, a menudo, me la repetía mi tía y, como muchas veces pasa, ¡¡¡acertó de lleno!!! Y así me sucedió en la ciudad de Pamplona.
Esta escultura representa las consecuencias de aquel trágico episodio, que cambiaría mi vida para siempre. Yo, Iñigo, a la edad de 30 años, fui gravemente herido en la defensa del castillo de Pamplona, en mayo de 1521. Aquí estoy, llegando a las puertas de mi casa conducido en camilla, ante la perspectiva de mi más que probable muerte. Vuelvo a casa… ¿a morir?
Voz en off:
El joven Iñigo, el de la cuidada melena rubia, fue educado en la una cultura medieval que transitaba entre el valor de las armas y el honor a una cultura más dirigida a la administración y negocios. Un mundo, el de la nobleza, en el que –con valor y honor– se alcanzaba riqueza y un estatus poderoso en aquella rígida jerarquía social. El valor de Íñigo se puso de manifiesto, sobre todo, en el asedio de la ciudadela de Pamplona.
Lo que él creía una oportunidad de alcanzar honores, se convirtió en todo lo contrario, Iñigo casi da su vida en una batalla perdida de antemano. Todo le salió al revés.
Iñigo llega a Loyola, malherido, cansado y en las últimas. ¡Pero poco se imaginaba la transformación que iba a sufrir su vida!
Para entrar en la casa debemos pasar por una puerta con arco apuntado, sobre la cual podemos ver el escudo de los Loyola. En él hay dos lobos a ambos lados de un caldero. Desde un punto de vista heráldico, la idea que transmite el escudo es de poder, ya que representa la riqueza que la familia tiene en tierras y personas.
Por otro lado, el apellido Loyola significa lodazal o sitio lodoso, acorde con el emplazamiento del solar de la casa, ya que está cerca de un riachuelo.
Años más tarde, el hermano de Iñigo, transformó el escudo añadiéndole los símbolos de los Oñatz.
FIN: (tonadilla de la marcha de San Ignacio)
Visitante:
¡¡Pom, pom, pom!! (ruido de aporreo de una puerta)
Sirviente y ambientación de fondo:
¿Quién va? ¿Oñacino o Gamboíno?
(se oye el ruido de una puerta antigua y pesada abrirse)
Iñigo:
¡Hoy tenemos compañía!
Me cuentan que la época de mis antepasados fue convulsa. Era una sociedad jerarquizada y enfrentada por el poder y el control sobre el territorio y sus gentes.
En el caso de Gipuzkoa, a la cabeza de este enfrentamiento, estaban los señores de la tierra. Se enfrentaban dos bandos, los Oñacinos y los Gamboínos.
Ambos bandos los forman familias unidas por vínculos personales o de parentesco llamados parientes mayores. Y los Loyola, lo somos.
En la época de mi abuelo, este equilibrio entre los señores banderizos se vio amenazado, por un enemigo común que hará que Oñacinos y Gamboinos, dejen aparcadas sus diferencias, se alíen y se unan para combatirlo.
Este poderoso enemigo lo forman las villas, los burgos, apoyados por el poder real. Su área de influencia es cada vez mayor y su necesidad de territorio también. Esto supone una competencia directa que reduce notablemente nuestras rentas e ingresos.
Como vemos… el nacimiento de las villas supuso un desafío… que acabó ¡con mi abuelo y parientes en el exilio! Y las casas torre destruidas, incluso esta… ¡tan recia!… ¡fue pasto de las llamas!.
Esta casa fue una fortaleza, sí, y nos defendió de nuestros enemigos. Pero, sobre todo es el símbolo del poder de los Loyola, de una familia que, debe “valer más” en rentas, en hombres, en honra, que es lo que representa nuestro escudo.
FIN: (tonadilla de la marcha de San Ignacio)
Iñigo:
¡Ummm qué olor!! (ruido de cocina: crepitar de fuego, ruidos, pero ruidos de menaje de barro, vajilla de madera…) ¡qué bien huele el estofado! ¿De oveja o es de jabalí? Estaría riquísimo con un poco de tomate o unas patatas. Pero… ¿qué digo? Si cuando yo nací, en 1491, Colón todavía no había llegado a América. ¡Estamos adelantando acontecimientos!
Mujer:
¡Ande con cuidado! ¡No se vaya a quemar! ¡Mejor si viene cuando oscurezca el día! Alrededor del fuego nos sentamos en pequeñas sillas crujientes. Y juntos, hablamos de las noticias de nuestra extensa familia y del valle, también de las que nos llegan de una tierra nueva, de batallas pasadas, de las aventuras que los hijos mayores de la familia están viviendo en países lejanos. ¡Buenos matrimonios hicieron las hijas! viven con sus familias muy cerca de aquí, con lo que solemos tener noticias frescas, a menudo.
¡Y también hablamos…de futuro!…
Ignacio:
Recuerdo esta cocina, con su inconfundible olor a humo. Un humo de leña bajo las ollas, que era aspirado por esta enorme campana.
En esta cocina di mis primeros pasos y aquí, recibí mis primeras enseñanzas. Entre estas paredes aprendí lo que es ser una persona honesta. El valor de la palabra dada, el honor, los valores humanos y cristianos. Y donde forjé mi personalidad, mi herencia Loyola, que me guió a lo largo de toda mi vida.
Viví una época de transición. Del medievo heredé los principios del honor y la sangre y posteriormente interioricé la importancia que tenían los estudios y la formación de las personas.
Después de Loyola, durante mi estancia en Manresa vivía como un mendigo y me solía retirar a una cueva a rezar. Quería vivir como me imaginaba lo hacían los santos. Mortifiqué mi cuerpo con duros y largos ayunos, lo que provocó que mi salud se resintiera. A partir de entonces el dolor de estómago me acompañará de por vida.
Al final de mis días, en mi habitación de Roma, viendo cercana la muerte, mis compañeros me obsequiaron con qué…, ¡¡con unas castañas asadas!! ¡qué festín! ¡Su sabor y olor consiguieron traerme a esta cocina, a mi casa, por última vez! (crepitar de castañas)
FIN: (tonadilla de la marcha de San Ignacio)
Ignacio:
Fui el décimo tercer hijo, el benjamín. En mi familia, a los varones siempre se nos decía “Iglesia, mar o Casa Real”. Tres propuestas de futuro definidas por nuestro orden al nacer. Mi hermano mayor lo tenía fácil. Por tradición, él era el único heredero. Esto es, de la casa, las tierras, las propiedades…, de todo. Pero yo… el pequeño… el último de los 13, ¿a qué me iba a poder dedicar?
Este barco dibujado en la pared de esta habitación da testimonio de algunas de las empresas a las que se apuntaron mis hermanos. El primogénito, el heredero de la familia, se embarcó y murió. El mayorazgo pasó a mi hermano Martín, el segundo. Otro de mis hermanos luchó en la guerra en Nápoles. Pedro, el sexto, fue sacerdote. Mis hermanas, al casarse, abandonaron el hogar.
Sin embargo, ¡el barco también simboliza mi vida! porque mi vida también es un viaje. Un viaje que comienza en esta casa y acaba en Roma en 1556. En Arévalo, en la Corte, me eduqué con los modales de caballero y aprendí caligrafía y administración. En Pamplona casi muero. Después estuve en Montserrat, Manresa, Barcelona, Venecia, Jerusalén, Alcalá de Henares, Salamanca, París, Roma. ¡Ufff! La mayoría de los trayectos los hice a pie, gracias a la providencia divina. La causa de esos viajes fue diversa, en unos para formarme académicamente y en otros, para formarme espiritualmente. Y aunque nunca estuve en el lejano Oriente o en la recién descubierta América, mi obra, la Compañía de Jesús, gracias a mis compañeros y seguidores, se extendió a lo largo y ancho del mundo conocido. La Compañía de Jesús nació con vocación universal.
La primera para fue Arévalo. Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor del reino de Castilla, y su esposa, María Velasco, pariente nuestra, me aceptaron como pupilo suyo en Arévalo. ¡Yo, en la corte de los Reyes Católicos! ¡Fue una suerte! ya que se abría ante mí la posibilidad de llegar a ser dueño de mi propio destino. Hice amistades y también enemigos. El futuro se presentaba prometedor, sin embargo, éste también me tenía reservados momentos agrios.
Llegué a Arévalo, en Ávila, a la edad de 15 años. Allí serví como paje y luego como doncel cortesano. Durante los años en Arévalo poco a poco fui dominando lo que un caballero debía saber. Aprendí a bailar, a cantar, a batirme en duelo, a leer y a escribir en… castellano. Me gustaba mucho escuchar y tañer la vihuela, instrumento parecido a la guitarra. ¡Escuchemos esta bella melodía!
(Música de Anchieta…)
Las novelas de caballería, a las que era muy aficionado, me llenaron la cabeza de aventuras y hazañas con las que ganar honor y, quizás, el amor de alguna dama. Esta arrogancia y mis pocos años me metieron en más de un lío. Como cualquier joven de mi posición, también hice mis travesuras.
La vida en la corte de Castilla me sonreía, pero al morir mi protector y caer en desgracia su familia, se me presentó un futuro incierto. Por recomendación de la familia de mi protector pasé a ser gentilhombre del duque de Nájera y virrey de Navarra, Antonio Manrique de Lara. Teníamos relación de parentesco, estaba vinculado a los viejos oñacinos de mi familia.
FIN: (tonadilla de la marcha de San Ignacio)
(Sonidos de guerra: cañonazos, gritos, choque de espadas, silbido de flechas…)
En 1521, tropas francesas y navarras, trataron de recuperar el reino de Navarra con la toma de Pamplona. Yo estaba al servicio de mi señor, entre los defensores de la ciudad, castellanos y navarros también. Los enemigos eran muchos y nosotros pocos. Solo nos quedaba el castillo por defender. Era una batalla perdida, sin embargo, la locura del honor y la lealtad, por las que me guiaba, no me permitían rendirme. Sueño de honor, truncado por un cañonazo que me destrozó la pierna derecha, dejándome malherido también de la izquierda. La fortaleza se rindió.
Mis compañeros y también los enemigos intentaron curarme, pero quedé maltrecho y débil. ¡Hicieron lo que pudieron!
En una camilla me trasladaron a mi casa, creyendo que iba a morir. Aquí me esperaba mi familia. Fueron meses de dura convalecencia, Pero milagrosamente me curé y… experimenté una profunda transformación interior. Entusiasmado con Jesucristo quise conocer y vivir en su tierra. El viaje a Jerusalén no resultaba entonces nada fácil. Además, tenía que pedirle permiso al Papa para viajar a Tierra Santa.
Antes de embarcar en Barcelona, me detuve en el monasterio de Montserrat. ¡Qué recuerdos me trae la Virgen de Montserrat! Tras una confesión general y una vigilia ante la Virgen, entregué mis ropas de hidalgo a un mendigo y me vestí con el sayal de peregrino.
En Montserrat entré como caballero y salí como peregrino.
FIN: (tonadilla de la marcha de San Ignacio)
Ignacio:
Nos encontramos en la habitación de mis padres. Lugar de mis dos nacimientos. ¡Sí, has oído bien! En esta habitación nací en 1491 y en esta casa volví a renacer en 1521. ¡Sí, sí, treinta años después!
Entrar en esta habitación me emociona, ya que siendo muy pequeño, perdí a mi madre. Apenas tengo recuerdos de ella. Fui criado por María Garín, mujer de nuestro herrero, como un hijo más. Vivían en el caserío Egibar, próximo a esta casa.
Cuando mi hermano Martín se casó con Magdalena de Araoz, por la diferencia de edad que teníamos, mi cuñada me cuidó como si fuera su hijo, hasta que me fui a Arévalo. Cuando me trajeron de Pamplona, aquí estaba ella esperándome.
Como os decía, en esta habitación nací como Iñigo, vi la luz por vez primera. Pero ¿solo vemos la luz al nacer? Muchas personas, tras un episodio traumático, sufren una transformación interior como me sucedió a mí.
Durante la convalecencia se produjo en mí un proceso interior que me llevó a replantearme el futuro. Fue un nuevo nacimiento: un renacer. En 1521 se materializó la conversión que me cambió y me dio fuerzas para iniciar un nuevo camino.
Años después, con 44 años, tuve otro grave achaque de salud que me trajo por última vez a Azpeitia. Mi hermano quería que me hospedara en esta casa. Pero me negué. Ante su asombro y enfado, me alojé en el Hospital de la Magdalena, donde se recogían, enfermos, pobres y desheredados de la sociedad.
Me dediqué a sembrar la palabra de Dios. Mi hermano me advirtió que iba a fracasar ¡Cómo se equivocó!
Muchas fueron las personas que se acercaron a oírme. Me gustó, especialmente, dar la catequesis. Me empeñé en eliminar vicios y en alentar una convivencia pacífica entre los vecinos. Animé el desarrollo de prácticas de piedad, caridad y virtud. E incluso pude inspirar la redacción de unas ordenanzas que sirvieran para organizar un sistema de beneficencia.
Quise, así, reparar el mal ejemplo, que siendo joven, había dado a mis paisanos
FIN: (tonadilla de la marcha de San Ignacio)
Ignacio:
¡Qué tranquilidad! ¡Este lugar invita al recogimiento, a establecer una comunicación íntima con Dios!
De joven no fui muy cumplidor de los Mandamientos. De hecho, viví bastante alejado de la Iglesia. Hoy se diría que fui un bala perdida. La juventud y el sentirme arropado por el poder de mi linaje hizo todo lo demás.
Durante mi convalecencia empecé a frecuentar este oratorio. ¡Cuántas horas pasé aquí! Buscaba paz. Esto, unido a las lecturas religiosas, la oración, la reflexión y la búsqueda del significado de mis experiencias interiores, hicieron que mi concepto de la vida empezara a cambiar. Quería imitar a los santos por amor a Jesús. Me dominaba la idea de hacer penitencia ¡Quería vivir como los santos! Si ellos lo habían hecho, yo también.
¡Y el altar! Está dedicado a la Virgen y se recogen dos escenas de su vida: el cuadro, la Anunciación del nacimiento de Jesús y la escultura de la Piedad, expresa la angustia de María por la muerte de su hijo. ¡María! ¡qué importante has sido en mi vida!
Nunca me he olvidado de la visión que tuve de la Virgen María durante mis peores momentos. Siempre a mi lado, me ha acompañado y guiado durante toda mi vida. A sus pies me postré de camino a Jerusalén.
El oratorio, también, es otro de los lugares simbólicos de la casa. Aquí san Francisco de Borja, ofició su primera misa.
A Borja lo conocí en Alcalá. Era un joven distinguido. Yo, un pobre estudiante, tenía veinte años más que él. Aquella primera vez, solo cruzamos nuestras miradas. Tras enviudar entró Jesuita ¡Quién me iba a decir que en el futuro viviría en Loyola y sería general de la Compañía de Jesús!
FIN: (tonadilla de la marcha de San Ignacio)
Ignacio:
Hemos pasado por el comedor, nos encontramos en el salón. Aquí se recibía a la gente y también nos divertíamos alguna vez, viendo los primeros libros que llegaban o los adornos de sus paredes, con tapices llenos de figuras.
Al hacer las obras de restauración de mi casa, se encontraron estos estantes que vemos y que seguramente sirvieron de biblioteca. Y allí fui a buscar con qué entretenerme durante mi convalecencia. Quería leer libros de caballería, a los que me había aficionado en Arévalo. Todos los libros que encontré fueron de temas religiosos y seleccioné la Vita Christi y La Leyenda de los Santos. ¡Hay que ver, cómo las dos obras cambiaron mi vida!
¡Un escudo! ¡Un linaje! ¡Este salón! ¡Símbolos del poder terrenal! Yo dejé todo esto y prometí fidelidad a un Señor que no era mortal
Pronto me di cuenta de que tenía que instruirme si quería ayudar a las personas. Así empecé un largo itinerario académico que me llevó desde Barcelona, Alcalá de Henares y Salamanca a París. Con 37 años llegue a París. Una ciudad de 250.000 habitantes y más de 4.000 estudiantes. Tuve que hacer un curso preparatorio y obligatorio, donde mis compañeros de pupitre eran niños de 10 años. Me pagué los estudios con la limosna que en los veranos recogía por los ricos territorios de Flandes y Londres.
¡Qué caprichoso es el destino! Mi obra no comenzó en un salón como éste, sino que se fraguó en una habitación del colegio donde vivía en París. La amistad con mis compañeros de habitación, Francisco Javier y Pedro Fabro, se fue ampliando a otros compañeros. Formamos un grupo de 7 amigos que quería vivir en pobreza al servicio de Dios. Nuestro propósito era vivir en Jerusalén, la tierra de Jesús. ¡El hombre propone y Dios dispone! ¡Yo nunca volví a Jerusalén! ¡Dios me tenía preparado otro camino!
FIN: (tonadilla de la marcha de San Ignacio)
Ignacio:
¡Estamos en el corazón de esta casa! ¡La habitación donde se obró mi transformación!
Este lugar ha cambiado mucho desde aquellos días. Me instalaron en una de las habitaciones de este piso. Pensaban en un desenlace fatal. Los huesos de la pierna se habían soldado mal. Los médicos intentaban paliar los dolores que sufría, así como arreglar la herida de la pierna. ¡No me quejé jamás! Me sometí a dolorosísimas operaciones. Aunque no evitaron que me quedara una cojera para el resto de mi vida.
Deliraba de día y de noche en medio de tremendos sufrimientos. ¡Cuánto dolor físico! Un día los médicos anunciaron mi muerte inminente, pero Dios quiso que no acertaran…
La recuperación fue larga y penosa. Pronto, empecé a plantearme cuál iba a ser mi futuro. ¡Una cojera me impediría continuar con mi vida anterior! ¿Qué iba a ser de mí?
En noches de insomnio, me gustaba acercarme a la ventana de mi habitación para mirar las estrellas. Me quedaba absorto horas y horas viéndolas brillar.
Durante el día, buscaba entretenimiento en la lectura. Las largas horas dedicadas a la Vida de Cristo y la de los Santos me dejaban internamente inquieto. Mi carácter, de por sí vehemente, comenzaba a aborrecer mi vida anterior. ¡No entendía qué pasaba! Hasta que me di cuenta de que era Dios quien me hablaba desde mi interior. Fue el momento en que poco a poco se obró mi conversión. Tomé la determinación de seguir la bandera de Jesús, que sería mi único Señor. El ejemplo que veía en los santos me estimuló para seguir su camino.
Este momento exacto, es el que recoge la escultura que vemos en la capilla. Me representa recostado, con la pierna herida y vendada, vestido como un hidalgo de la época. Hago una pausa en mi lectura. En una mano sostengo abierto el libro que estoy leyendo y al lado, descansa cerrado el otro libro. Mi rostro, que mira al cielo, parece escuchar la llamada de Jesús y mi propósito a seguirle en todo. Es el momento de mi conversión. Lo recuerda la frase esculpida en la viga: “Aquí se entregó a Dios Iñigo de Loyola”. Así es, esa es la verdad. ¡Todo comenzó aquí!
FIN: (tonadilla de la marcha de San Ignacio)
Ignacio:
Dejé Loyola sin revelarle a mi hermano Martín mis verdaderos propósitos. Él no quería que abandonara mi vida cortesana, por eso, le dije que me dirigía a visitar al Duque de Nájera, mi antiguo señor, y arreglar algunos asuntos.
Mi primera parada fue Aránzazu donde, ante la Virgen, hice voto de castidad. De allí, me dirigí a Montserrat, donde hice confesión general. De camino a embarcar en Barcelona paré en Manresa. Pensaba pasar unos pocos días, pero esos pocos días se convirtieron en un año.
Vivía como pobre y mendigo, acogido por la buena gente de esta ciudad. Solía retirarme con frecuencia a una cueva que se encontraba en las afueras de la ciudad y allí pasaba largas horas de oración. Viví momentos muy difíciles y oscuros, pero pude salir de todos ellos con la gracia de Dios.
Recuerdo muy bien que un día, mirando el río Cardoner, que discurría allí al fondo, vi todas las cosas de una forma nueva. Esto me dio una gran paz y seguridad para mi futuro. Entendí que lo que yo había recibido hasta ese momento podía ser de ayuda para los demás y comencé a poner por escrito mis experiencias. Ese cuaderno de notas es el origen de los Ejercicios Espirituales, un manual de prácticas y consejos que ayudan a que la persona encuentre sin engaños la voluntad de Dios.
Hice grandes amistades en Manresa. Hombres y mujeres que me ayudaron mucho. Me despedí y seguí mi camino hasta Tierra Santa donde no me dejaron quedarme. A la vuelta, con la firme idea de formarme, pasé por Barcelona, Alcalá de Henares, Salamanca y llegué a París. Tras finalizar los estudios y con el grupo de compañeros del que he hablado anteriormente, llegamos hasta Venecia, con la intención de ir a Jerusalén. Queríamos vivir en pobreza y servir a Dios en la tierra de Jesús. Mientras esperábamos para embarcar me ordenaron sacerdote. Aquellos, eran años violentos: en el Mediterráneo se libraba una guerra contra el Imperio Turco. En Europa guerras políticas y de religión, pestes… hicieron que nuestro sueño se tornara imposible. Por eso decidimos ponernos al servicio del Papa.
Durante el camino, experimenté muchos sentimientos espirituales. El más importante fue el que sentí en la capilla de la Storta, a poca distancia de Roma. Rezando en la capilla, tuve una visión. Dios Padre se dirigía a Jesús que llevaba la cruz diciéndole que me tomara como servidor suyo. Jesús se giró y me dijo:
Jesús:
Yo quiero que tú nos sirvas.
Ignacio:
Al salir de la capilla les dije a mis compañeros de viaje que no sabía lo que encontraríamos en Roma, pero que ciertamente estábamos en el camino de cumplir nuestro proyecto de seguir a Jesús hasta el final.
Pocos años después, el Papa Pablo III aprobó nuestro grupo de amigos como nueva orden religiosa, la Compañía de Jesús. Desde el principio, en respuesta a las peticiones del Papa y a las necesidades de la Iglesia, comenzamos a extendernos por todo el mundo conocido.
Mis compañeros me eligieron su superior y tuve que quedarme en Roma, escribiendo y dando forma a la Compañía de Jesús. Ya apenas salí de allí, donde al fin me encontré con Dios cara a cara el día 31 de julio de 1556.
FIN: (tonadilla de la marcha de San Ignacio)
Ignacio:
Hemos llegado al final de la visita a mi casa. A partir de aquí no escucharás mi voz, pero sigo a tu lado.
Como verás el camino que inicié en esta casa sigue y como te decía me gustaría seguir acompañándote. Juntos hemos abandonado mi casa natal y por el pasillo hemos entrado en dependencias que forman parte del Santuario de Loyola.
A continuación empieza un recorrido en el que puedes visitar una exposición en la que a través de obras artísticas, objetos y paneles se representa mi vida. Y como ya la conoces, se te hará fácil reconocer muchos de los pasajes que te he contado hasta ahora.
Es una exposición que además de mi historia cuenta, cómo no, la historia de la Compañía de Jesús, que fue fundada en 1540. Es una labor que realicé acompañado de excelentes colaboradores, que me ayudaron a consolidar una orden religiosa masculina que está presente por todo el mundo, al servicio de los demás.
¡¡Hay que ver en qué se ha convertido hoy, lo que un día empezamos 10 compañeros!!
FIN: (tonadilla de la marcha de San Ignacio)